Salir a caminar por la cintura cósmica del sur

 

Resulta que un día desde esta misma mesa en la que me siento a escribir, hace un año y medio atrás, le decía adiós a toda mi vida. A todo lo querido y amado, a todos mis familiares, amigos, trabajo y los tan queridos lugares de mi tierra. Nunca pensé que ese momento fuera a llegar, siempre lo había visto como algo utópico, algo que nunca podría alcanzar, pero al final pasó. Armé la mochila y salí a recorrer la gran Sudamérica, la tierra latina, de donde emana el sazón de una cultura, que aún en estos días de avaricia y rencor, podemos oler, ver, sentir y hasta llegar a amar en muchos aspectos.

Fue simple,  y la vez complejo. No se puede negar que haya costado, porque tomar decisiones de este calibre no se toman en dos días. Aun así, me quedo con la simpleza de las cosas, fue decir, “listo, me voy” e irme.

Llegar a Argentina y comenzar la travesía fue una de las mejores sensaciones que guardo del viaje. Bajar de ese avión, que en el que el letrero fluorescente dije: ” Bienvenido a Ezeiza – Buenos Aires” ¡Buag! No me sale otra expresión para intentar transmitir lo que sentí. Una sensación de vida nueva en cuestión de 27 horas de vuelo, entre transbordos, esperas, maletas perdidas en una de las escalas,  y demás esperas, había pisado suelo latinoamericano.

Mapa.

Muchos kilómetros son los que han recorrido nuestras mochilas. Ellas soportaron muchísimo peso al principio, a decir verdad la gran mayoría de las cosas que cargamos eran innecesarias. Esa fue una de las primeras conclusiones del viaje: Vivimos con demasiadas cosas que realmente no nos sirven de nada. Así de rápido aprendimos esta afirmación, que en cuestión de dos semanas de viaje ya estábamos mandando de vuelta a casa un paquete con cosas que no necesitábamos.

Fue un viaje largo. Un viaje de contrastes que al ritmo de lo espontáneo se iba marcando prácticamente por si solo, con la información que nos iban pasando otros viajeros, folletos, vendedores de todo tipo de cosas y el Wi-Fi (si es que había jaja). Desde Buenos Aires – hasta Otavalo, desde Argentina hasta Ecuador fue nuestro itinerario ascendente, un total de xxx kilómetros al que después le sumaríamos un total de xxx kilómetros descendentes hasta llegar a Río Gallegos (Patagonía Argentina), frontera con la provincia de Tierra del Fuego. En resumidas cuentas, un total de xxx kilómetros de viaje lleno de aventuras, de rabia y de alegría, de tristeza y de euforia, pero sobre toda las cosas y sin duda, de mucha vida, con mucho tiempo para vivir.

Gratitud eterna a todo aquel que alguna vez nos tendió una mano, a cualquier persona que en algún momento del viaje por alguna razón u otra, nos dieron  un empujón y dijeron, sigue, no cambies, vive. Nunca habrá manera de agradecer a personas como Orlando, un pescador de Santa Marianita – Ecuador, que con todo el amor que en una familia se puede tener, nos acogió en su casa por una tarde, nos llenó la mochila de comida y nos llenó un poquito más el corazón. O nuestro “Veeshinooo” que te llamaba a la puerta con su acento manabita de la tierra y sus 88 años de pura vida, para venderte el “pescaito rico” que había traído fresquito de Pto. López ” pa´ vende baratico”.

Muchas, muchas son las personas que se cruzaron, muchas son las que convivieron día a día con nosotros en una temporada increíble en ese pueblo de la costa ecuatoriana que siempre llevaremos, los dos, en todo todo nuestro corazón. Nuestro AYAMPE querido, ese lugar mágico al que todo el mundo llega y se queda un poco más. Donde los problemas se posponen y donde brilla el buen comer, la vida sana, el surf, y el contacto directo con la naturaleza. GRACIAS AMIGOS AYAMPEÑOS! GRACIAS POR TODO!! Sin duda alguna este lugar marcó lo que marcó en nuestros corazones porque estaban allí las personas que estaban: Gracias a todos!!!

Y algo que he querido dejar para el final, es a mi segunda familia, solo puedo decirles que GRACIAS! Gracias por todo lo que hicieron por mí, por todos esos momentos vividos, por todas esas comidas ricas, por esas pizzas a la fugazzeta, por esas tardes de mates, por esos kilos de helados, por esas grandísimas tortas que ustedes llaman chocotortas, por todo, de verdad, por todo, muchas gracias, Sergio, Gaby, Ger, Ivan, Nora Abu, Norita, Enrique, Lean, Anita, Mariana, Aki, Nacho, Lucas,  Lili, Mercedes la mamá de Anita ( la mejor tarta de cebolla), Guille, Karo, Camo, Marito, Alan, Julito, Lucy, Sirio, todos los parceros!  Lily, Gus, Leandro, a todos los que se quedan en el tintero y como no, Agustina, mi amiga, compañera, mi sustento, mi niña, mi vida. A todos, Gracias!

Caminos que se acaban, caminos que se abren, ideas que van y vienen. Tenemos las energías puestas en la ruta, en el camino y esperamos que sea el fruto de nuestro esfuerzo volver a la mochila, volver a sentir la sensación de lo desconocido, del descubrimiento, del asombro, de la vida que se vive intensamente, de ser básicamente, libres.

Rayco González, Tenerife, Marzo 2016

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