Reminiscencias del Chocó

Dicen que cuanto más fresca  se escriba una historia mejor. Los sabores, los olores y las impresiones están presentes como flotando en el aire, casi que cerrás los ojos y volves a estar ahí. Como si al volver a mezclar los ingredientes, echando las mismas cantidades y siguiendo los comandos al pie de la receta pudieras reconstruir algo que estaba ahí, que hasta hace unos días estaba ahí, pero no,no es así como funciona y todos lo sabemos. ¿Entonces cómo escribo la historia de Albeiro? ¿Para quién escribo las historia de Albeiro después de tanto tiempo?

Trato de reconstruir sin éxito el camino neuronal que hace algo más de un año tracé para codificar y luego almacenar un recuerdo de aquella tarde. Localizada cerca del hipotálamo e hipocampo, mi amígdala trabajó arduamente ese día sin que yo ni siquiera lo notara. Un complejo cúmulo de estímulos y  emociones imposibles de verbalizar en aquel entonces, fueron procesadas por esta pequeña región de mi cerebro. El código (porque siempre es un problema de codificación) que fue utilizado debió haber sido anotado en un papel de servilleta y almacenado dentro de alguna caja que quedó luego adentro de un baúl lleno de cosas y olvidado en algún desván. No hay otra explicación más lógica.  Por más coordenadas que en aquel momento apunté, por más cruces que le hice al mapa algo no funcionó. No hay tinta tan indeleble, no hay codex tan complejo que resista  los desastres naturales que el tiempo puede causar en la memoria de los humanos.

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Aun así aquí estoy, casi el mismo compuesto de carbono que hace un año sonrió con todos los dientes mientras disparaba fotos con los ojos una tarde en una recóndita región del Chocó colombiano. 

Aunque pensándolo bien no estuvo tan mal, si hoy acá en otro continente, en otro hemisferio, estoy intentando contar esta historia es que  entonces el código no fue tan endeble, o al menos no lo parece. ¿Podremos reforzar esa estructura para la próxima vez? Para cuando vuelva a ser necesario ir hacia allí, como un intento de fuga, como una terapia de choque, como una safe zone a la cual escapar de vez en cuando. Ese es el desafío y voy a por ello…

 

FALA DEVAGAR

 

Empezar por el comienzo tampoco parece ser una opción. Podría empezar por hablar del árbol de mango gigantesco que daba sombra al ranchito (casa pequeña construida de madera y chapa) de Doña Victoria y que en verano daba tanta fruta que era imposible comerla toda. Ni humanos ni animales daban abasto para aprovechar la abundancia de las tierras y las lluvias chocoanas,  así que sin otro destino posible se pudría en el suelo desprendiendo ese olor dulzón tan particular, a fruta muy madura, a verano, a calor. No, tampoco sería justo. Quizás el punto de partida deba ser efectivamente nuestro punto de partida del Chocó. Cuando amontonados en la panga (pequeña embarcación de madera) de Stand By, nuestro capitán que sorteaba lentamente el golfo de Urabá cargado con 11 vidas humanas, escuchábamos  atónitos sus interminables anécdotas. El motor fuera de borda de apenas 15 caballos rugía mientras Stand By nos relataba sus historias de años de contrabando. Historias que incluían tráfico de personas, coca y hasta alusiones al mismísimo Pablo Escobar.

Pero eso tampoco sería justo, quería hablar de Albeiro, quería hablar de él porque me lo pidió. Bueno no me lo pidió literalmente, pero al momento de despedirnos lanzó al aire una frase que decía algo así como “No se olviden de mi, no se olvide que aquí vive un hombre que se llama Albeiro” Esa frase  a mi me cruzó el pecho y se me marcó a fuego. De alguna forma me hice cargo de ese pedido, que no fue para mi ,pero de alguna u otra forma me sentí responsable, tomé la posta y supe que en algún momento tendría que escribir su historia, esta historia.

GEOGRAFIA

Quizás esta frase de Albeiro sirva un poco para ilustrar el aislamiento geográfico de la región chocoana. Que alguien te pida que no te olvides de él, en esa situación, equivale a  pedirte que de alguna forma lo saques de ahí y lo lleves a viajar con vos, a recorrer ciudades imposibles para su mente, sitios lejanos como Europa, España y unas islas que son puros volcanes.

Mapa departamento del Chocó

Para ubicarnos en el mapa, el departamento del Chocó es el noveno más extenso del País y también el octavo menos poblado. Limita al norte con Panamá y es el único departamento colombiano que tiene costa en ambos océanos (Pacífico y Atlántico). De este y de otros tantos títulos más puede jactarse el Chocó; por ejemplo ser la zona con más precipitaciones del continente americano.

La región del Darién y la del Chocó son una, es allí donde la ruta Panamericana que recorre 48.000 km a lo largo de todo el continente uniendo Alaska con la Patagonia, se interrumpe abruptamente. En el límite entre Panamá y Colombia hay un tramo inexistente de carretera, apenas 108 km son los que faltan para lograr unir todo el continente americano por tierra. No es que falten recursos para pavimentar unos escasos kilómetros de carretera, claro que no, lo que no hay  es voluntad política de hacerlo. ¿Los motivos? Buena pregunta, quizás algunos datos sobre esta región ayuden a aclarar las ideas. El Tapón del Darién es el escenario donde interactúan comunidades indígenas (Emberá, Wounan, Kulas), inmigrantes irregulares cuyo objetivo es llegar a los EE.UU, grupos armados (legales y no), explotaciones irregulares de recursos naturales(minería), tráfico de drogas, por nombrar sólo algunas.

 

 

Ahora en ese escenario situemos al poblado de Titumate ubicado en las costas del mar caribe (Chocó), a una hora en lancha desde Turbo (Antioquia).  El pueblo es pequeño, un muelle bastante humilde sirve para que lanchas y pangas atraquen, las calles de tierra, unas pocas tiendas que venden víveres básicos y un descampado que seis caños torcidos transforman en una cancha de fútbol, termina de decorar el paisaje.  Nos bajamos de la lancha que nos trae desde Capurganá bien cargados, la casa de Juan estaba a un kilómetro caminando por la playa. El calor y los mosquitos nos hacían ralentizar y apurar el paso respectivamente. Apenas llegamos a lo que sería nuestra casa durante un mes, dejamos las cosas y deshicimos el camino andado para volver al pueblo a comprar provisiones.

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Las tiendas son el centro de reunión y de actividad del pueblo, todas ellas con algunas mesas en la puerta invitan a su clientes a pasar el rato, a aplacar el calor con algún refresco o simplemente a estar ahí. Aunque la imagen parece salida de otra época, todavía estamos en el siglo veintiuno aunque rápidamente nos damos cuenta que por aquí las cosas no parecen cambiar demasiado rápido.

 

EL CHOCÓ DE GABO

 

(Pausa. Salto temporal. 1954)

En 1954 una serie de protestas civiles contra la represión del gobierno militar presidido por Rojas Pinilla, aumentó el nivel de violencia que se respiraba en las calles. Ese mismo año el General en Jefe Supremo, anunciaba la intención  de dividir el departamento del Chocó y repartirlo entre los tres departamentos limítrofes: Antioquia, Caldas y Valle.

En este contexto llegó  rápidamente a Bogotá el rumor que una manifestación popular de familias enteras, incluidos niños, había ocupado la plaza principal de Quibdó (capital departamental) con la determinación de permanecer allí hasta que el gobierno diera marcha atrás con  su propósito . Para ponernos en contexto, en aquel entonces, el único acceso terrestre a Quibdó, era posible a través de una carretera desde Medellín y su mal estado hacía que recorrer sus ciento sesenta kilómetros demorara alrededor de veinte horas.

Ilustración: Andrés Torres

Un jóven  Gabriel García Márquez, que en ese entonces trabajaba como reportero en El Espectador, fue enviado como corresponsal al Chocó para cubrir aquellas supuestas manifestaciones masivas que buscaban evitar esa división. A raíz de ese viaje, el autor de Cien años de Soledad, escribió cuatro crónicas que se publicaron en el periódico entre septiembre y octubre de 1954. Años mas tarde en Vivir para contarla,  su autobiografía publicada en 2002, Gabriel García Márquez hace alusión al abandono institucional que sufría la región y las estrategias de sus pobladores para sortearlas: “En alguno de los pueblos del interior el agente postal nos pidió llevarle a su colega de Itsmina el correo de seis meses. Una cajetilla de cigarrillos nacionales costaba allí treinta centavos, como en el resto del país, pero cuando se demoraba la avioneta semanal de abastecimiento los cigarrillos aumentaban de precio por cada día de retraso, hasta que la población se veía forzada a fumar cigarrillos extranjeros que terminaban por ser más baratos que los nacionales. Un saco de arroz costaba quince pesos más que en el sitio de cultivo porque lo llevaban a través de ochenta kilómetros de selva virgen a lomo de mulas que se agarraban como gatos a las faldas de la montaña. Las mujeres de las poblaciones más pobres cernían oro y platino en los ríos mientras sus hombres pescaban, y los sábados les vendían a los comerciantes viajeros una docena de pescados y cuatro gramos de platino por sólo tres pesos.”

(Pausa. Regreso al presente)

En la tienda Hernan compramos huevos, harina de maíz, plátanos, panela, café, arroz,  cebollas, velas y papel higiénico. Gastamos en total el equivalente a unos 15 dolares, en cualquier tienda en Medellín hubiésemos gastado apenas 5 dólares en la misma compra. Hoy en día sigue siendo complicado el transporte de  mercancías en esta región, lo que encarece su precio brutalmente. Y todos lo saben y todos lo pagan y nadie se queja.

 

LA VIDA

 

Los días transcurren tranquilos en Titumate, Juan cumple con sus obligaciones laborales y nosotros ayudamos un poco en lo que podemos. La casa no tiene luz, así que la vida se desarrolla con la luz del sol, a las siete se cena a la luz de las velas y una partida de Parchís nunca falta antes de irnos a dormir. La casa tampoco tiene ventanas, pero ni falta le hacen, por las noches el aire fresquito que sopla desde el mar nos ayuda a dormir un poco mejor y una tela mosquitera sobre la cama aleja a los mosquitos de nuestra apetecible sangre citadina.

Al lado de casa, el ranchito de Doña Victoria se alza desafiando las leyes de la gravedad. Para llegar a él hay que atravesar una zona pantanosa y un camino hecho de troncos que actúa como una especie de puente. A los costados, juncos y pastizales sirven de guarida a una que otra cría de  babilla (siga este enlace amigo lector si quiere saber de que animalejo estoy hablando ahora) y un árbol gigantesco de mangos da sombra a casi todo el rancho.    

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Dentro el suelo de tierra y las paredes de madera esconden una televisión de 32 pulgadas que funciona cuando encienden el generador de gasolina que la alimenta. En sitios como estos, donde sólo se escuchan los pájaros, los ruidos del viento y de algún que otro animal, el sonido del generador es algo insoportable, se escucha a grandes distancias e interrumpe la paz que reina en este pequeño reducto de la costa colombiana. Aun así la TV se enciende cada noche, se reúne la familia y se aprovecha la energía para recargar los teléfonos.

Todavía recuerdo perfectamente como un día Doña Victoria nos mandó a llamar por Carlos Andrés, nos hizo pasar a su casa, nos invitó una taza de café y nos pidió encarecidamente que la ayudáramos con algo de Whatsapp que no lograba resolver hace varios días. Si mal no recuerdo creo que simplemente debíamos re instalarlo en su móvil.

Carlos Andrés tiene doce años y la pereza existencial de todo adolescente de esa edad, sin embargo es muy obediente y no duda en hacernos los recados cada vez que se lo pedimos, además siempre se gana una pequeña propina. Como estamos lejos del pueblo el se encarga de comprarnos algunas provisiones básicas cuando nosotros no podemos ir hasta allí. Luego del primer o segundo viaje de Carlos Andrés al pueblo entendimos la razón por la cual nunca llegaban enteros la cantidad de huevos que le pedíamos que traiga. Aún faltaba para que se pusiera el sol cuando desde la playa vemos a nuestro joven amigo salir para el pueblo en busca de nuestro pedido. Carlos Andrés saltaba y brincaba por la playa como una cabrita en el monte, algunas veces corría para llegar más rápido y otras simplemente dejaba caer su mochila a la arena para darse un chapuzón en el mar y refrescarse antes de continuar su periplo.

Una tarde que Juan estaba ocupado, decidimos con Rayco que éramos lo suficientemente valientes para ir a la naciente a buscar agua por nuestra cuenta. Las direcciones que nos dieron se basaban  absolutamente en referencias naturales como doblar en el árbol caído hacia la derecha, seguir recto en la casa en ruinas o cruzar el primer arroyo que nos encontráramos en el camino. Aun así y a pesar de nuestra poca orientación llegamos al sitio indicado donde debíamos llenar la botella de 20 litros que llevábamos. Cabe destacar que durante toda la travesía yo iba por delante (por la simple razón que cargaba el machete para defendernos de cualquier alimaña  que cruzara por nuestro camino ) y Rayco iba detrás cargando el peso de 20 litros de agua al hombro.

Don Guillermo tiene 96 años, nació y vivió buena parte de su juventud en  Medellín y terminó en el Chocó gracias a una de sus mujeres. Hoy está feliz de poder ayudar en la construcción de este pequeño reducto de paz y tranquilidad que su hijo está armando a orillas del mar. Desde que llegó compartimos  juntos religiosamente desayunos, almuerzos y cenas. Todas las mañana se acercaba a la hora del desayuno al comedor a ver que había…

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  • ¿Desayunó Don Guillermo?
  • No
  • Siéntese, coma algo

Y así todos los días. Arepas, pan, huevo y leche,  para Don Guillermo, que de la misma forma que se sentaba en la mesa y esperaba que le pusieran el plato delante, se levantaba cuando había terminado y se retiraba a realizar sus labores diarias. Resabios de una costumbre de otra época que lejos de ofenderme me hacían gracia y hasta me daban un poco de ternura. Don Guillermo se pasaba horas entre las matas arrancando las malas hierbas y luego quemándolas, cada tanto se tomaba un descanso y se daba un baño en el mar cuando el calor lo agobiaba demasiado. Los micos, los cerdos o los caballos forman tanto parte del paisaje como Don Guillermo. Todas las mañanas casi religiosamente como un ejemplo de los ciclos de la naturaleza, los micos bajaban hasta los arboles de guayaba que había delante de la casa y se disponían a desayunar. Elegían las frutas que más les apetecían y con un sólo mordisco bastaba para decidir si esa guayaba era digna de ser devorada o si en cambio la arrojarían al suelo. Ya entrada la mañana los caballos que estaban de paso hacían su recorrida buscando las frutas que los Micos habían descartado o las que de forma natural caían del árbol. Por último y no menos importantes, los cerdos aparecían por la tarde, se comían la fruta que ni micos ni caballos quisieron, y aún así al final del día, el olor a las guayabas que se pudrían en el suelo con tanto calor era insoportable. Y si, bendita abundancia de la pachamama otra vez.

 

ESPEJOS: ALBEIRO

 

El universo, los viajes, el destino nos van poniendo espejos en el camino. Uno va andando y a medida que avanza va cruzando personas, lugares y situaciones en los cuales espejarse. Oportunidades para aprender algo más sobre nosotros mismos, conocernos, vernos reflejados. Albeiro tiene cuarenta años o bien podrían ser cincuenta bien llevados, con los morenos de la costa chocoana nunca se sabe. Nació, se crió y vive en un pequeño pueblo de la costa llamado Titumate. ¿Pero qué tengo que ver yo con Albeiro? ¿Cual es el reflejo que me devuelve este espejo del camino tan lejos y aparentemente tan distinto? Las preguntas hoy casi un años después siguen siendo muchas y sin respuesta.

La historia de Albeiro es la No historia. No hay nada que contar, o tal vez sí. Simplemente  su presencia en ese momento, en esa situación, en ese lugar fue como un disparador. Congelé en mi memoria para siempre la imagen de sus ojos. El momento exacto en que sus ojos se abrían de par en par cuando escuchaba que el kilo de guanábana,  fruta que se pudría a raudales en los alrededores de su casa, se llegaba a pagar hasta 25 euros por kilo en España. Lo recuerdo sonreír mientras que, entre  sorpresa e inocencia, ideaba planes fantasiosos sobre cómo él podría enviarnos cajas con la fruta y nosotros venderlas en España.

Como si toda la experiencia de meses en el Chocó se hubiera condensado en su persona, en su mirada, en esa frase.

“No se olviden de mi, no se olvide que aquí vive un hombre que se llama Albeiro”

 Y yo, tanto tiempo después lo traigo hasta aquí, lo invito en estas líneas a ser parte de este presente, de esta ciudad y de esta isla de volcanes imposibles que él dibujó un día en su cabeza, en una tarde calurosa en Titumate, mientras el sol sus disparaba últimos rayos.

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