MACHU PICHU CON PRESUPUESTO MOCHILERO

Nos levantamos, y directos a MachuPichu. Una de las siete maravillas del mundo. Algo que creo que toda persona debería ver alguna vez en la vida, ese lugar desprende una energía increíble!

7:15 de la mañana cogimos el bus en dirección Santa María. Allí, unas 4 horas después teníamos que montarnos en otro “bus”, y de ahí a el pueblito de Hidroeléctrica, de donde comenzaríamos nuestra caminana hasta las ruinas, parando en Aguas Calientes, claro, para pasar la noche.

En el bus hasta Santa María, viajamos acompañados de catalanes, suizos, franceses y alta cantidad de locales, con gallinas y gatos incluidos, además de el clásico en todos los buses de Perú, desde el payaso contando chistes y haciendo trucos de “magia” para ganarse sus moneditas hasta el vendedor de productos de todo tipo, como tuca (mezcla de maiz, miel, etc) para los buenos desyunos, cremas para limpiar tu intestino, o para los dolores musculares. Con todo este sin fin de interesantes personajes, como a las 12:00 del mediodía llegamos a Santa María, y de ahí, A Hidroelectrica, claro que, el bus que se suponía que teníamos que coger resultó ser un carro de un local, en el que entramos 8 personas, e iba a 60 por hora por una carretera de piedra, en un barranco de no menos de 300 metros. Toda una aventura! En 30 minutos llegamos a Hidroeléctrica, un lugar diferente, en el que ya se huele el olor a selva y donde los poquísimos lugareños que ahí viven, se dedican al mantenimiento de las vías del tren y ha sacar energía del agua en la central que da su nombre al lugar. Ya a pie de sendero, en dirección a Aguas Calientes, nos sentamos a comer, unos sándwiches de queso,  ponernos repelente en todo el cuerpo y refrescarnos con un buen trago de agua.

Dos horitas tardamos en llegar al pueblo de Machu Pichu, Aguas Calientes, por un sendero en el que durante todo el recorrido anduvimos por las vías del tren, dejandonos ver y oler paisajes increíbles desde el interior del barranco, animales de todos los colores y de vez en cuando, el paso del tren lleno de turistas de todo tipo, que nos hacía constar de hasta donde había llegado ya la mano del hombre moderno, el turismo, la masificación del recurso. Llegamos al pueblito bajo una lluvia prominente, y con ganas de una ducha caliente y una cena, nos dirigimos hacia el hostel donde nos habíamos reservado. Una vez allí, registro correspondiente, ducha y a dar una vuelta por el pueblo en busca del bar, restaurante o chiringuito  que nos iba a llenar nuestra barriga. Después de cenar, una cervezita y a dormir, ya que al día siguiente teníamos que madrugar.

4:15 de la mañana, suenan los despertadores y todo el mundo se pone en pie para preparar la ascensión al Machu Pichu. Unos en guagua ( bus en el dialecto canario), y otros como nosotros a pie.

Un asenso de casi 500 metros de desnivel, una humedad del 120% y la amigable presencia de mosquitos y demás animalitos selváticos. Una hora y media, nos costó llegar hasta arriba, a la misma entrada al parque de las ruinas. Cuando llegamos, un aseo rápido con papel higiénico, estábamos encharcados, preparamos nuestros chubasqueros ya que comenzó a llover, y todo preparado para adentrarnos en el mundo de los Incas.

Rápidamente nos dimos cuenta de la magnitud de lo que estábamos viendo, aunque la verdad, nos hubiera gustado verlo con un día de sol, para poder contemplarlo mejor, nos tocó un día nublado y con intensa lluvia, cosa que tampoco nos desagradó, porque a fin y al cabo, ellos, los Incas, también tuvieron que soportar esos chaparrones típicos del verano sudamericano, de ese verano selvático.

Anduvimos caminando por todo el recinto, sacando las respectivas fotografías correspondientes cuando podíamos, algún claro nos regaló el cielo. También nos refugiamos  bajo un techo que se formaba con alguna roca que los incas habían puesto allí, quien sabe, si por la misma razón por la que nosotros estábamos allí. Escuchamos las explicaciones que podíamos, colándonos por momentos con algún grupo que llevaba guía privado. También, y muy curioso, nos encontramos con unos chicos Japoneses que nos llevábamos encontrando en todas las ciudades donde íbamos. Entonando unas sonrisas de asombro por ambas partes, decidimos que debíamos fotografiarnos juntos y que esa foto quedara para el recuerdo, allí en Machu Pichu, desde Villazón, Bolivia, pueblito fronterizo con Argentina, donde fue la primera vez que nos vimos. Fue también, la última vez que cruzamos nuestras vidas.

Y a eso de las 2 de la tarde, muertos de hambre, y con la barriga vacía, decidimos que ya era hora de bajar de nuevo al pueblo, darnos una ducha de agua caliente, e ir a comer en el pueblo. En las ruinas en sí, casi es imposible comer, no porque no haya donde, sino por los precios!, una locura para nuestros bolsillos. Una vez en el pueblo y después de habernos duchado, ponernos crema para las picaduras y repelente, salimos a conocer el pueblito de día. Luego, dormiríamos temprano y volveríamos a madrugar para así poder empezar la vuelta a Cuzco, lugar de donde ya continuaría nuestro camino al Norte, nuestro camino hasta Lima.

 

MACHU PICHU

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