La Patagonia a dedo: Crónica de un viaje distinto

 

La inmensidad de la Patagonia es apenas un concepto hasta que logras sumergirte en ella. Las distancias tienen como mínimo dos ceros (a veces tres) y en ciertos puntos el recorrido entre un pueblo y el siguiente es, realmente, enorme. Conscientes de este detalle, salimos a la ruta. Dejábamos atrás Bolsón y nos dirigíamos al sur, a Esquel más precisamente.

Por una u otra razón a lo largo del viaje nunca hicimos dedo en distancias muy largas, siempre fue una opción B o una causalidad proveniente de encontrarnos con alguien en la ruta y vas-para-allá?yo-tambien-te-llevo? Etc. Coincidencias, diría yo. Pero esta vez fue distinto, como dije las distancias son enormes, ergo, los transportes (léase Buses) son carísimos. Así que salimos, como quien dice a la ruta, pulgar arriba a tentar a nuestra suerte.

 

El primer tramo (La iniciación): Bolsón-Esquel

Teníamos que apurarnos era 23/12 y el movimiento rutero se pone bastante raro en los días festivos, así que teníamos que llegar a nuestro destino pronto. Diez minutos, no más fue lo que tardó Carlos en levantarnos. Iba para El Hoyo y se ofreció a darnos un aventón. Aceptamos aunque sólo fueran unos 20 km de recorrido. Carlos tenía hijos de nuestra edad y por eso paró su coche para subirnos, manejaba lento y nos advirtió de algunos peligros populares del autostop, nos dejó en la estación de servicio y nos despidió deseándonos buen viaje. En ese momento no lo supe, pero Carlos iba a ser el primero de muchos que, no sólo nos iban a llevar de un lado a otro, sino que nos iban a compartir un cacho de su historia y a convertirse en un pedacito de esta que se escribe hoy.

Fabián paró su Partner blanca de la empresa para la que trabaja sin que hiciéramos dedo, simplemente nos vio y supuso que necesitábamos un aventón. Y así fue, yo atrás durmiendo una siesta de casi dos horas entre las mochilas y Ray adelante compartiendo historias y mates. El viaje vino con parada fotografica incluida, un instante en que intentamos capturar (ilusamente) el vuelo majestuoso de un cóndor que jugaba con las ráfagas de viento típicas de la Patagonia, esas que tumban a cualquiera, menos a ellos, los privilegiados, los pájaros. Fabián nos llevó a un camping y luego a otro, donde se aseguró que encontráramos a nuestros amigos (y futuros compañeros de ruta), nos dejó, nos despidió y nos deseó una feliz navidad. En el camping Fer y Melisa nos esperaban para celebrar el cumple de Fer. Esa noche no iba a faltar el fernet, el vino, las risas y un buen guiso para calentar el alma.11872096_1669420943275702_1617713924207541387_o

Así pasó nuestra segunda navidad viajera. Esta vez en la inmensa Patagonia que se puso fría y ventosa para la ocasión. Compartimos con amigos y con extraños, cocinamos, comimos, bebimos y demás hasta cansarnos. Y así, con un cielo súper estrellado y sin demasiados excesos, dejamos ir otra noche buena;  juntos, compartiéndonos, aprendiendo y conociéndonos cada día un poco más.

 

 

Segundo tramo (Cambio de planes): Esquel- ¿?

Salimos a la ruta a hacer dedo, los cuatro juntos (Fer, Melisa, Rayco y yo). Si bien sabíamos que era imposible que nos levantaran a los 4 juntos, al menos nos haríamos compañía hasta que el milagro ocurra. Hasta el momento la idea era seguir por la ruta 40 hacia el sur. Pero como las cosas ocurren por algo, finalmente nuestro destino iba a ser otro. Cuando después de caminar 5 km un camión nos frena y se ofrece a llevarnos en el acoplado vacio a nosotros dos, le advertimos al conductor que unos metros por delante estaban nuestros amigos y sería un golazo viajar los cuatro juntos; Walter accede sin problemas. Y ahí vamos, los 4, rogando que no llueva y que el viento no se ponga demasiado hijueputa´. Y digo que las cosas pasan por algo, porque cuando en Tecka (a una hora de viaje) dónde el camino se divide en la Ruta 40 que sigue rumbo al sur y la ruta 25 que atraviesa la provincia de Oeste a Este y conecta con la ruta 3, ahí mismo tuvimos que tomar una decisión. ¿Nos bajábamos ahí y esperábamos tener suerte para abajo o nos asegurábamos un viaje hasta Trelew y aprovechábamos la clásica y camionera Ruta 3 para llegar al sur?IMG_20151226_123409

No recuerdo si fue la suerte o la razón, pero alguna de las dos decidió que continuaríamos viaje hacia la costa este. Esa noche llegaríamos muertos por el viaje más movidito de la historia, quemados por el sol, sucios de cientos de kilómetros de polvo y seríamos alojados y alimentados por mis tíos que viven Trelew y nos abrieron las puertas de su casa para que repusiéramos energía y podamos continuar viaje.

 

 

Tercer tramo (La belleza del mar patagónico): Trelew- Rada Tilly

Y la ruta de nuevo. Esta vez sobre la famosa Ruta 3, intentando avanzar poco a poco con rumbo sur. Pasó casi una hora hasta que Aldenio frenó, nos preguntó a dónde íbamos y finalmente nos llevó hasta Comodoro Rivadavia.  Para ese entonces, ya habíamos sido atacados por los mosquitos, por el sol y por los regadores que los de la estación de servicio accionaron sin previo aviso; no importó, estábamos un poco cansados pero felices de estar en viaje ya.

Aldenio tenía unos cincuenta y pico, hijos de nuestra edad y un divorcio encima, de esos que después de 20 años de matrimonio, cuando ya no hay hijos que criar, caen por su propio peso. Creo que él fue el primero en decirnos cuanto admiraba el viaje que estábamos haciendo (yo creo que uso la frase “envidia sana”). La edad, las mochilas, las responsabilidades, la edad perfecta para hacerlo, el ciclo de la vida, la naturaleza humana, el amor de los padres, el desapego. 12419018_1667084496842680_7491521746185593090_oTodo eso en un solo viaje de casi 400 km entre un punto y otro. Al despedirnos, Aldenio nos deseó buena suerte, nos dejó su número de teléfono y nosotros nos fuimos al pueblito de Rada Tilly que queda a sólo 3 km del centro de Comodoro. Ahí nos esperaban nuestros amigos viajeros con la buena noticia que, habían encontrado un camping por sólo $40 (lo más barato de toda la Patagonia) que estaba muy bueno para pasar la noche. Ese día terminaría con una comida compartida al fuego, una zambullida en el helado mar patagónico y muchísimas ganas de seguir viaje al día siguiente.

 

 

 

Cuarto tramo (Primer viaje en camión): Rada Tilly- Rio Gallegos

Pateamos la salida hasta la Ruta 3, entre los cuatro decidimos mas o menos donde ubicarnos y cómo separarnos. A esta altura ya teníamos casi estratégicamente calculado a qué distancia separarnos unos de otros para que nos levantaran. Siempre nos separamos por parejas, la probabilidad que lleven a una pareja es mucho mayor que que lleven a dos hombres juntos, y además dos mujeres solas, si bien íbamos a tener más chances, preferimos no arriesgarlo.

El problema técnico es que si bien estábamos ubicados justo en el único plano que había cerca, ese plano quedaba justo después de una gran bajada, es decir que difícilmente un camión con carga iba a poder frenar allí. Un auto era nuestra única opción, y así fue. Ariel, frenó y se ofreció a llevarnos hasta Caleta Olivia, el primer pueblo sobre la Ruta 3 cruzando la frontera provincial entre Chubut y Santa Cruz. Ahí, había una estación de servicio donde paraban a cargar los camioneros que iban hacia el sur, allí seguramente podríamos hablar con alguien que fuera hacia Rio Gallegos. El viaje fue corto, y digo corto porque la distancia no era muy larga y porque Ariel manejaba a 130 km/h promedio. Ariel, petrolero, padre y abuelo, vivía (según contaba) por y para sus dos hijas que lo esperaban siempre ansiosas cuando volvía después de diez días de trabajar en el campo. En el campo de petróleo claro. Un régimen bastante común entre los trabajadores del petróleo es 10 días de trabajo por 5 de descanso. Ariel también, sorprendido por nuestro largo viaje, nos dejó en la estación de servicio, no deseó buena suerte y nos comentó cuanto le gustaría haber hecho este tipo de viaje cuando era joven. A Ariel le faltaban apenas unos años para jubilarse y retirarse por fin a la casa que se estaba construyendo en El Bolsón, cerquita del Rio Azul, donde decía iba a poder descansar y estar tranquilo.

 

Los chicos llegan 10 minutos después en el auto de un policía que los deja en la misma estación de servicio que nosotros. Ahí nomas vemos a dos gringas haciendo dedo que dicen que se van a probar suerte más lejos, que estuvieron media hora y no tuvieron suerte. Pero bueno, como a veces de suerte se trata, nos sentamos a tomar mate los cuatro justo al borde de la ruta y de paso, pulgar arriba, esperamos que alguien nos levante. En un instante, no habían pasado más que dos o tres rondas de mate, frenan un camión y una camioneta. Ambos iban para Rio Gallegos. Felicidad de por medio, nos repartimos y prometimos vernos esa noche en Rio Gallegos, eran las doce del mediodía y nos separaban sólo 600 km de la capital santacruceña. Nosotros nos subimos al camión, los chicos a la camioneta y ahí comenzó nuestra aventura camionera patagónica con Hernán.

Si de personajes se trata seguro que la ruta es un lugar casi ideal para encontrarlos. Hernán, camionero, 35 años, soltero con una hija de 15, maneja un Ford modelo 2002 cargado (sobre cargado diría yo) con 4 toneladas y media de cerveza. Todavía no lo sabíamos pero ese día íbamos a tardar 12 horas para recorrer los 600 km hasta la ciudad de Rio Gallegos, en el medio iba a ocurrirnos de todo. Las cuestas a 15 km/h, las colas de autos camiones y hasta creo que vehículos de tracción a sangre nos podrían haber adelantado de lo lento que Hernán tenía que subir esas cuestas. Tres o cuatro paradas de rutina en estaciones de servicio, cuatro termos de mate, tres paquetes de bizcochos nueve de oro, dos siestas (para mi jaja), varios chistes malos, mucha cumbia y mucho reggaetón fueron algunos de los ingredientes de aquel viaje que creímos no acabaría nunca.

Como decía, la ruta está llena de personajes y si uno se digna a escuchar, está llena de historias también. Hernán no hablaba mucho, pero su sueño (según nos contó) era dejar todo para irse a Colombia y una vez ahí garcharse a toda mulata que se le cruzara por el camino, bailar bachata, salsa, cumbia y dejar que la vida pase entre playas de arenas blanca, cerveza y calor. La realidad de Hernán era bastante diferente: salir de Trelew, cargar un camión en Buenos Aires y llevarlo hasta Rio Gallegos, así ida y vuelta unas tres veces al mes.  10556912_1665854580299005_3198649145976094200_o

Al final del día, agotados los tres llegamos por la noche a Rio Gallegos. Nuestros amigos ya estaban instalados en un camping que por casualidad estaba cerca de dónde Hernán nos había dejado. SI, estaba muy cerca, eran sólo dos cuadras pero sinceramente fueron las cuadras que más rápido atravesamos de todo el viaje. Imagínense un callejón largo donde estacionan camiones, un lugar lleno de depósitos, talleres y galpones, tenuemente iluminado con coches quemados a los costados, basura  y demás. En fin, si algo malo iba a pasarnos iba a ser ahí o nunca. Así que sin pensarlo mucho atravesamos el siniestro callejón al trote, si, con dos mochilas cada uno, cualquiera que nos estuviera viendo, seguro se hubiese reído un buen rato. Y así, todos sudados y destrozados por el viaje, llegamos, armamos la carpa y nos desplomamos del cansancio. Mañana será otro día nos dijimos, y así fue.

 

Quinto tramo (el tramo frustrado): Rio Gallegos- Calafate

 

Y si, un día nos tenía que tocar. Estábamos medio jugados, es 30/12 y el movimiento rutero comienza a enrarecerse; además no estamos ubicados en el mejor sitio para ir rumbo hacía Calafate, nuestro destino final, sin mencionar que además salimos bastante tarde a la ruta. Y así transcurren casi 4 hs de pulgar arriba, pocos vehículos pararon y los que lo hicieron iban hacia otros sitios o nos dejaban muy lejos (y ya era bastante tarde) de nuestro destino. Luego de tres horas una súper camioneta (de esas que se suelen ver por la zona) se detiene y ofrece llevarnos hacia Calafate, pero no a los cuatro (aunque tenía lugar ya que iba solo) sino sólo a dos. Así que los chicos se subieron, nos despedimos y nosotros decidimos esperar un rato más. Sin suerte, nos fuimos hasta la Terminal de Buses y pagamos el pasaje hacia Calafate. Caber destacar que Calafate es uno de los puntos más turísticos (si no es EL más turístico) de toda la Patagonia y que los precios son un delirio. Así que otra vez llegamos casi de madrugada a la ciudad del Glaciar; los chicos nos esperaban instalados ya en un camping donde otra vez fue armar la carpa y desmayar del cansancio. Y así, de esa forma empezábamos el último día del año.

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¿Qué podemos decir de Calafate que ya no sepan? Mejor dejamos acá un par de fotos para que miren, eso sí, un dato útil: Calafate es sin dudas el lugar más difícil para hacer dedo. Luego de pasar año nuevo, recorrer un poco el pueblo y visitar el Glaciar,  el día 2/01 decidimos salir a la ruta a probar suerte para pegar la vuelta ya rumbo a Rio Gallegos. Nosotros y alrededor de diez o quinces personas más (incluidos nuestros compañeros viajeros que iban rumbo a El Chalten) nos ubicamos pulgar arriba a la vera de la Ruta. Estuvimos cinco horas hasta que nos dimos nuevamente por vencidos y fuimos a la terminal a comprar un pasaje. En esas cinco horas no vi que levantaran a nadie, sólo vimos gente que al igual que nosotros luego de un largo rato (y con un viento imposible) se rendía e iba a la Terminal a pagar el desopilante precio de los trayectos en bus que se cobran in and out de Calafate; precio gringo para todos y todas.

 

Sexto  tramo (la suerte por fin está de nuestro lado): Rio Gallegos- Rada Tilly.

 

El bus de Calafate a Rio Gallegos salió a las  3 am. Ese día “dormimos” un ratito en la terminal, ya que hacía muchísimo frio (incluso adentro) para poder dormir un rato más largo. Ah, además la terminal está plagada de carteles que prohíben terminantemente “pernoctar en la terminal”. Así que llegamos a Rio Gallegos bien tempranito y a las ocho de la mañana ya estábamos en la ruta, pulgar arriba rumbeando pal norte. Ese mismo lugar que nos vio fracasar días atrás hoy nos regalaba la grata sorpresa de la corta espera. Abel tardó apenas 15 minutos en parar su chata, cargar las mochilas en la caja y subirnos. Él, 60 años aproximadamente,  chileno de nacimiento, cruzó en los brazos de su madre la frontera y no fue legalmente argentino hasta los 17 años, según nos contó, luego de una serie de trámites burocráticos que le permitieron obtener su DNI. Abel iba hasta Piedra Buena, un pueblito a 200 km de ahí y nos podía llevar. Perfecto, más perfecto imposible. Y cómo los viajes son eso, viajes, aventuras y futuras anécdotas; cuando Abel me abre la puerta trasera me dice, “acomódate ahí, no hay mucho lugar pero después que pasemos gendarmería me bajo y acomodo”. Claro, no hay problema, digo, con tal de viajar me siento hasta encima de un cadáver jaja. Bueno, no tanta risa. Abel venía de la chacra del padre, habían carneado el día anterior un chancho que resultó ser  demasiado grande para el cliente (razón tenía ya que el bichito ocupaba todo el asiento trasero de la Hilux 4x4 de Abel) y se lo quedaron, y así congelado como estaba y cubierto con mantas y ropa (para camuflarlo ante los ojos de gendarmería) viajaba el chancho rumbo a su destino final de asado, conmigo encima  congelándome el culo.

Anécdota aparte, nos despedimos de Abel que nos dejó a metros de un control policial que estaba formando largas filas en la ruta. Eso no era muy buena señal, antes del control es difícil que alguien te levante y después de la larga espera, una vez superado el control policial la gente quiere salir de ahí lo más rápido posible. Así que con toda la paciencia del mundo, nos ubicamos unos cuantos metros después de aquel control de rutina y esperamos. No pasó mucho tiempo hasta que una parejita bajó el vidrio y nos preguntó a dónde íbamos, rumbo norte dijimos, casualidad o no, ellos también y se ofrecieron amablemente a dejarnos en Rada Tilly, justo antes de tomar un desvío que los llevaría hacia su destino final: Bariloche.

Juntos recorrimos casi 500 km. Ambos tenían 23 años, Él militar en Punta Arenas y Ella empleada en una empresa en Chile. Hablaban poco, aunque fueron realmente muy simpáticos y amables con nosotros. ¿El dato de color? Ella estaba aprendiendo a manejar, la camioneta era automática y a veces, en las interminables rectas, pisaba el acelerador tanto que la aguja se ubicaba tranquila en el 160 km/h. Rayco y yo buscábamos los cinturones de seguridad con desesperación sin encontrarlos, pero cuando por primera vez ella adelantó a un camión  a 140km/h y dijo: “Ay! qué emoción, la primera vez que adelanto un camión en la ruta” nosotros nos miramos y creo que por dentro empezamos a rezar que vuelvan a cambiar el conductor y la chica elija otro día para aprender a manejar; al fin y al cabo habíamos llegado demasiado lejos para morir en la ruta!

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Como se imaginaran llegamos sanos y salvos a Rada Tilly, buscamos el camping que ya conocíamos y batiendo records, cenamos y a las nueve  de la noche  ya estábamos adentro de la carpa durmiendo como dos bebes. Afuera todavía con bastante luz, la gente iba de aquí para allá mientras que nosotros nos despedíamos de un día largo de ruta y nos preparábamos para el siguiente.

 

Séptimo  tramo (el mejor viaje del mundo): Comodoro Rivadavia- Trelew

 

Y así fue, a la mañana siguiente ya habíamos tomado un bus de línea que nos sacaría de la gran urbe de Comodorense y nos dejaría en una Petrobras camionera friendly. Dejamos las mochilas a un costado y cuando yo vuelvo de  a cargar agua para el mate, Rayco ya estaba subiendo las mochilas a la parte trasera de un camión refrigerado. Augusto transportaba helados, iba para Trelew y se ofreció a llevarnos. Mientras nuestras mochilas viajaban a  –17°C, nosotros adelante, sin saberlo aun, íbamos a tener el mejor viaje del mundo de los viajes a dedo, les cuento y díganme si me equivoco…

Como dije la ruta está llena de personajes y de historias, como no podía ser de otra forma, la de Augusto era una. 24 años, ex jugador de rugby, sonrisa constante y una voz fuerte. Augusto hizo de todo para sobrevivir desde que tiene 16 años y muchas veces anduvo en la ruta, por eso siempre levanta autoestopistas que andan por ahí. Según nos contó más de una vez, no solo recogió, sino que alimento y hasta alojó en su casa a varios dedistas ruteros, no sólo mochileros o viajeros, cualquier persona que necesitara un aventón y se cruzara por el camino de Augusto era bienvenido.

En resumidas cuentas, el viaje tuvo mucho mate que nuestro conductor demandaba sin parar, mucha charla y también se podía fumar. Parecerá un dato menor pero considerando tramos tan largos, la ansiedad a veces abruma. Cuando paramos a cargar agua para el tercer termo de mate, Augusto abre la parte trasera del camión y vuelve con dos copas heladas para que probemos; si, realmente vi la gloria en ese momento, hacía mucho que no comía helado y quienes sepan de mi fanatismo se imaginaran mi cara de felicidad. Pasaron los kilómetros y llegamos a destino bastante rápido, acostumbrados a los camiones gigantes que no andan a grandes velocidades, el viaje con Augusto no sólo había sido ameno, sino que también fue rápido. Ya en Trelew Augusto insiste en llevarnos hasta la casa de mis tíos y una vez que llegamos ahí, abre la puerta trasera para sacar nuestras mochilas y de paso, nos regala 3 litros de helado “pa´ que no caigas a la casa de tu tía con las manos vacías”. Listo, no podía ser más perfecto el viaje.

Y si la ruta está llena de historias, esta creo merecía ser contada. Augusto, un pibe que transportaba helado por la Patagonia pero no le gustaba el helado, un pibe que estaba buscando ese negocio para pegarla y poder vivir el resto de su vida sin trabajar, un flaco que levantaba a todo mochilero que se cruzaba por el camino porque creía que “en un lugar tan grande como la Patagonia, sino te ayudo yo, capaz que no te ayuda nadie en días”, un loco que no usaba cinturón de seguridad porque decía que si chocaba quería morirse, no quería correr el riesgo de quedar discapacitado el resto de su vida.

Son pequeños fragmentos de una vida que la ruta te regala. Instantes que se comparten y se entregan sin pedir nada a cambio, por la simple razón de encontrar nuestros caminos cruzados en un ínfimo punto de esta vida y sin muchas vueltas, animarnos a compartirlos.

 

Último tramo (el camión de Humberto): Trelew- Bahía Blanca

Bien tempranito estamos nuevamente en la Ruta 3, tirando dedo hacia el norte, esperando poder cumplir sin mayores contratiempos el último tramo del viaje. Desde Bahía Blanca nos tomaríamos el tren que por un precio bastante popular nos llevaría directo a la capital porteña. No habíamos terminado  de poner nuestras mochilas en el piso cuando Humberto aminoró la marcha, se bajó del camión y se ofreció a llevarnos. El Mercedes naranja modelo ´81 que Humberto usa para hacer mudanzas resopla y se esfuerza por superar los 60 km/h, algo que por cierto a lo largo de todo el viaje no iba a lograr. Y como nos lo imaginamos iba a resultar en un viaje, digamos, largo. Y así fue.

En ese viaje largo conocimos a Humberto, un camionero de la vieja escuela. Padre de dos hijas, abuelo de un niño y marido enamorado de “Pirucha” (recuerdo el nombre de su mujer porque se lo había tatuado él mismo junto a la fecha de casamiento y dos corazones  en el brazo izquierdo). Humberto hablaba mucho, muchísimo, pero también era un gran contador de historias. Su padre, su madre, su abuelo hermanado en sangre con el cacique Nahuel Pan, miles de historias desfilaban por el camión de Humberto que era adelantado por todo tipo de vehículos que él ayudaba con las luces de guiño.

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Al mediodía Humberto insistió en parar a comer. Cerca de Las Grutas, en una parada bien de camioneros estacionó su Mercedes frente a un carrito de hamburguesas. En este momento lamento no tener una foto para ayudarlos a imaginarse a la mujer que les voy a describir. Ella con sus 60 años mal llevados, atendía el puestito con una amiga. Pelo “rubio”, dos colitas (algunas rastas), la piel arrugadísima del sol dejaba ver las marcas de algunos tatuajes mal hechos, maquillaje por doquier, remera, sólo una bikini como parte de abajo y ojotas completaban el look de esta lady hamburguesera camionera. Pero lo interesante era la escena: la mujer que no paraba de hablar e intentaba seducir sin el menor disimulo a nuestro amigo conductor invitándolo a una playa que ella conocía a juntar almejas o al pulpear, el calor agobiante, el olor a carne quemada de las hamburguesas que estaban preparando, la negrura del cielo por la tormenta que se avecinaba, todo, todo formaba un cuadro único que lamento no haber retratado. Los dejé a los muchachos solos un instante mientras iba al baño, sé que no tardé más de cinco minutos pero ellos ya estaban casi arriba del camión con los restos de la hamburguesa envueltos para llevar intentando huir de esta mujer que no se resignaba a perder un cliente (y no me refiero a un cliente gastronómico, eso ya lo había conseguido).

Continuamos viaje y las anécdotas se sucedían unas a otras junto con los mates y las paradas de rutina para cargar combustible. Ya entrada la noche,  entre idas y venidas Humberto nos dejó en uno de los accesos a Bahía Blanca, nos despedimos y prometimos mandarle las fotos que habíamos sacado durante el viaje.

IMG_20160106_134042Y así concluía  el último tramo de nuestra mini odisea rutera autoestopista patagónica. Cada vez más convencidos de que es cuestión de animarse, de dejarse llevar y seguir un poco más nuestros instintos. Nos ha pasado de todo, aun así estamos convencidos de que el camino nos enseña si nosotros queremos aprender. Que se trata de compartir y de aprender unos de otros, de cuidarnos mutuamente, de saber relacionarnos desde el respeto por la diferencia y la diversidad. Al fin de cuentas todo viaje, todo camino, es un aprendizaje y está en nosotros decidir qué hacemos con eso.

 

 

Patagonia Argentina: Parte II

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