En la puerta del Chocó: Cómo llegar de Cartagena a Necoclí

Cartagena

Salimos de Cartagena bien temprano por la mañana, para encontrarnos con Juan (nuestro colega parcero) al día siguiente en el puerto de Necoclí. Por esos caprichos de los transportes terrestres colombianos o por ignorancia nuestra, llegar desde Cartagena de Indias, donde habíamos pasado ya cuatro noches, no fue tan sencillo. Para los que no la hayan visitado Cartagena, es una y es muchas a la vez. Mi amiga Raquel Bordajandi, en su libro B`antiox escribe “Cartagena es hermoso, caluroso hasta el ahogo y amable en exceso”. Yo le agregaría también que está un poco sectorizada, como toda gran ciudad turística, con lugares súper poblados de guiris sacando fotos a todo, con vendedores que te quieren vender lo que sea hasta a veces ganarte por cansancio, pero también por fuera de la muralla, y a medida que más nos alejamos, va cobrando autenticidad y se va transformando para nosotros, en la antesala de lo que será nuestra aventura por el Chocó.

 

 

Para salir de la bella y agitada Cartagena, primero caminamos unos 15 minutos bajo  un sol agobiante (nada raro en esta región), la caminata nos hizo cruzar un puente, alejarnos de los sectores aptos para turistas y llegar a una parada de bus cualquiera. Esperamos refugiados bajo la sombra de un cartel en la calle junto con otros colombianos que seguramente iban o venían de trabajar y aprovechamos para preguntar cuánto nos saldría el trayecto en ese pequeño bus hasta la terminal ubicada a 40 minutos de distancia.  Adoptamos esa costumbre de preguntar a los locales cuánto sale el trayecto (ya sea en taxi, bus, ferry o lo que sea) para evitar luego malos rollos dentro del bus cuando por guiris nos quieran cobrar un precio más elevado, de esta manera ya teníamos el dinero preparado y en mano antes que el chico que pasa cobrando pudiera pensar un “precio especial” para nosotros.

No era la primera vez que tomábamos un transporte local, en realidad lo hacemos casi siempre, pero fue en ese bus donde sentimos más miradas que nunca (hasta ese entonces). Las miradas son siempre curiosas y nunca irrespetuosas de parte de los colombianos, esa vez, el chico que tenía que cobrar la tarifa del bus a los nuevos pasajeros que iban subiendo y en simultáneo colgarse por fuera de la puerta del bus anunciando los destinos a los que se dirigía, dejó de lado su trabajo un buen rato mientras me interrogaba sobre mis tatuajes. Quería saber todo, de qué estilo eran, quién me había tatuado, dónde, si me dolió mucho y un largo etcétera. Yo me reía y contestaba a todas sus preguntas,  mientras que Rayco, sentado a mi lado, ya sólo asentía con la cabeza cuando por enésima vez un viejo que viajaba a su lado, se quejaba a los gritos de los polìticos locales de turno, de la indiferencia de la juventud de hoy en día y lanzaba predicciones apocalípticas sobre el fin del sistema económico actual, mezcladas con la biblia y no se cuantas cosas más.

Por fin llegamos a la terminal y entre preguntas por aquí y preguntas por allá (ya es una escena típica el paseo por las distintas ventanillas de las diferentes empresas que hay en la terminal buscando precios) entendimos que la mejor manera de llegar desde Cartagena a Necoclí era vía Montería. Eran en total unas 6 horas de viaje y finalmente, nos decidimos por una empresa que ahora no recuerdo el nombre. Uno de los empleados habló con el chófer de nuestra situación y éste le prometió dejarnos en la terminal de Montería y  acompañarnos personalmente a la buseta que iba hacia Necoclí para asegurarse de que llegaríamos bien. Bueno, digamos que no tenía otra opción ya que en Cartagena pagamos al primer hombre (el que habló con el chófer en nuestro nombre) el precio final del trayecto hasta Necoclí.

 

Sin ningún ticket más que un papel escrito a mano que indicaba que ambos habíamos pagado el precio del pasaje hasta Necoclì y  un poco desconfiados de la situación, nos subimos al bus donde claramente éramos los únicos turistas. Y Aquí presencié ya por segunda vez, una de las situaciones más graciosas de este tramo del viaje. Luego de unas horas de carretera, como es costumbre, decido preparar unos mates para amenizar el viaje. Entre charlas con Rayco iban pasando los mates  de mano en mano hasta que un chico se levanta de su asiento (por su cara se ve que lo venía pensando hace varios kilómetros) se acerca a nosotros y con mucho disimulo nos dice si le convidamos. Cuando me acerco un poco a más a él para entender lo que decía, aguanto la risa mientras descubro que este joven creía que estábamos ingiriendo de alguna forma marihuana. Ya más de cerca vio que mi mate no era una pipa, que lo que salía del termo era agua caliente y que era como un té que tomábamos los argentinos según le expliqué; sin decir una sola palabra volvió a su asiento extrañado y no lo vimos más en todo el viaje.

 

Terminal de Necoclí

Imagen: lalenguacaribe.com

Al llegar a la terminal de Montería, luego de 5 horas de trayecto, teníamos que asegurarnos que el chófer cumpla su promesa, nos acompañe a la buseta y se ponga de acuerdo con el otro chófer (ya que nosotros habíamos pagado los dos pasajes en Cartagena) y este accediera a no cobrarnos nuevamente. Sorprendentemente todo funcionó como debía. Ambos chóferes aunque no se conocían de nada, se pusieron de acuerdo, no tuvimos que volver a pagar nada y con nuestro papelito escrito a mano, subimos a la buseta. Por suerte, ya estábamos muy cerca de nuestro destino (casi) final, Necoclí.

 

Llegamos de noche, cansados, mal comidos y luego de 7 horas de viaje. Por suerte habíamos tenido la lucidez de reservar por internet un hostal en Necoclí (cosa que nunca solemos hacer) y esto la verdad fue un acierto. No porque hayamos reservado el mejor hotel de la zona ni mucho menos, sino porque con el cansancio que teníamos encima, sólo tuvimos que coger una mototaxi que por 1 U$D nos llevó hasta la recepción. Una vez dentro subimos las cosas por la escalera, encendimos el ventilador y casi lloramos de emoción cuando vimos que la habitación tenía aire acondicionado. Emoción que duró poco ya que como habíamos reservado una habitación sin aire, no había forma de encenderlo ni hacerlo andar.

El hostal esta muy bien relación precio- calidad. Si quieren darle una mirada y quizás reservar, Booking nos da una comisión por tu reserva. A ti te cuesta exactamente lo mismo y a nosotros nos permite seguir viajando!

Resignados, pero acostumbrados ya, bajamos y vimos que frente al hotel había un comedor. Sin dudarlo nos sentamos, comida era comida luego de un viaje tan largo. Mientras intentamos hacerle entender a la camarera que nos trajera cualquier cosa que no fuera carne (literalmente nos daba igual lo que fuera) una familia afrodescendiente con 5 niños pequeños de todas las edades posibles, devoraban muy alegremente con las manos una parrillada de vaya uno a saber que animal. Me gustó la escena, la reunión familiar, la risa de los niños, sus ojos curiosos que no dejaban de mirar porque esos dos “gringos” comian sólo arroz, huevo frito lechuga, es decir todo lo que acompaña la carne menos la carne.

 

 

 

Comimos rápido, en silencio y con las últimas fuerzas cruzamos la calle y volvimos al hostal. Al día siguiente el desayuno sería sobre las 6 am. Las lanchas que salían desde el puertito de Necoclí hasta Capurganá lo hacían bien temprano y no debíamos llegar tarde si queríamos tener nuestro lugar asegurado rumbo a lo que prometían, sería el paraíso.

 

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