CIEN AÑOS EN VILCABAMBA

Conocido como el valle de la longevidad en los años 70, este pequeño poblado al sur de Ecuador, se ha convertido en uno de los principales puntos turísticos del país desde que muchos gringos compraron el cuento de “la eterna juventud”. Montañas, valles, ríos de aguas cristalinas y cada vez menos hombres y mujeres centenarios son parte  del paisaje de Vilcabamba, un pueblo mestizo  ubicado en el corazón de la sierra ecuatoriana.

No es difícil imaginarse como era el pueblito antes de que el turismo explote, una plaza pequeña, algunos comercios a su alrededor, la iglesia y no mucho más. Algunas casas por aquí y otras por allá, el rió surcando el valle y la gran cordillera de los Andes vigilándolo todo desde lo alto. Salvando las distancias el viajero que hoy en día tome esos rumbos se encontrará con algo bastante parecido. El pueblo es un pueblo tranquilo, con sus costumbres y sus tradiciones pero adaptado a la gran cantidad de turistas que año tras año no dejan de llegar.

Ya que no hay transportes que te lleven directo desde los principales puntos de Ecuador a Vilcabamba, una parada en Loja será obligatoria. En mi opinión, no te detengas ahí, la Ciudad no tiene demasiado para ofrecer y los buses a Vilcabamba salen de la terminal cada media hora por un módico precio de $1,50. Alrededor de 40 minutos toma el trayecto hasta Vilcabamba, una vez ahí conseguir alojamiento es fácil. A dos cuadras de la Terminal está el “Hostal Don Germán” allí por $6 cada uno dormimos en una habitación privada con baño compartido y podíamos usar una cocina bastante decente.

El pueblo

La señora de una pequeña tienda a la que fuimos a comprar algo para la cena se quejaba “yo tengo este local acá porque es una herencia, sino me sería imposible comprar algo. ¿Ven esa casa que está ahí en frente? La que se cae a pedazos, bueno, por esa casa piden cien mil dólares”. Y es cierto, desde que muchos gringos veteranos compraron el cuento de la juventud eterna, los precios se dispararon y para los locales se hace cada vez más difícil poder comprar un terreno.

El pequeño pueblito que supo recibir a tantos extranjeros año tras año, fue creciendo y se fue adaptando a sus necesidades. La mayoría de los comercios ubicados alrededor de la plaza son para gringos, es decir que los precios son altos y los productos son más o menos los de cualquier Wallmart. Es decir, las tiendas de Vilcabamba lejos están de ser la típica tiendita de pueblo que podemos encontrar en todo  Ecuador. Con los Restaurantes pasa lo mismo, y hay que buscar muy bien si uno quiere comer los clásicos  almuerzos ecuatorianos por $ 1,50.

Los Jeff, los Jerry, los Tom, las Susan, Becky y demás están en todas las esquinas, con sus camionetas y su cerveza a toda hora. Aun así, si mirás bien de vez en cuando podes ver algún lugareño que mira de reojo y baja la cabeza, como diciendo esto no es como antes, pero bueno….

De todas formas el pueblo se mantiene bonito, no crean que van a encontrarse con lujosos hoteles de cinco estrellas ni gringos paseando en convertible o escuchando reggaetón, nada de eso. Además todos los que se han instalado allí se adaptaron n cierta forma al estilo de vida del pueblo. Al extranjero se lo respeta y se lo trata con normalidad, el 90% de los lugareños habla inglés y es muy amable y respetuosa con el turista, si siempre y cuando este también lo sea.

¿Qué hacer?

Mirador Cerro el Mandango

A unas pocas cuadras del centro del pueblo está el sendero para subir al mirador del Mandango. Un pateo que no requiere de mucho esfuerzo físico y que en menos de una hora nos pone en la cima. El paisaje desde allí arriba es sin dudas impresionante y vale la pena el esfuerzo. Se recomienda subir por la mañana ya que es cuando suele estar más despejado el cielo y podemos obtener una mejor panorámica del pueblo. En algunos sitios dice que se requiere un guía especializado para subir pero no es así, preguntando a los lugareños se llega al inicio del sendero y luego sólo es seguir el camino montaña arriba.

En busca de la cascada de “El Palto”

Salimos del pueblo rumbo hacia “la cascada” digo la cascada porque muy bien no sabíamos cual cascada buscábamos, así que nos dejamos llevar un poco. Caminamos una hora y pedimos indicaciones, todo el mundo nos decía muy vagamente como llegar pero los tiempos variaban considerablemente: “chuta, eso sí que es lejos, como dos horitas tienes hasta la cascada”, “allasito está nomas, camine largo unos 20 minutitos y esta”, “ una hora más o menos, camine recto y llega”; cada respuesta nos desconcertaba aún más. Seguimos el camino que nos llevó a cruzar el Rio Yambala por un puente que tenía un cartel que indicaba el ingreso al Parque Nacional Podocarpus, desde allí, según las últimas indicaciones nos quedaba una hora de caminata montaña arriba. Una hora más y nada, sólo un sol abrasador y un sendero polvoriento que también utilizaban los caballos. Ya estábamos por desistir cuando nos cruzamos a un arriero que volvía con dos turistas a caballo, nos dijo que eran unos 45 minutos más de caminata y que allí encontraríamos la cascada. Tres cuartos de hora y nada, seguíamos las indicaciones pero no aparecía ninguna cascada, es allí cuando uno duda de su orientación, de su estado físico y de la palabra de quienes tratan de orientarnos, en ese instante estábamos literalmente perdidos en el medio de la montaña siguiendo un camino que no sabíamos si era correcto y bastante cansados.

Creo que nos hubiésemos rendido a los 90 minutos de caminata si el paisaje no fuera tan impactante las pequeñas casas perdidas en la montaña, la vegetación tan cambiante y abundante o el sonido de los pájaros nos impulsaban a seguir buscando. Entonces decidimos caminar media hora más y ver que encontrábamos, y fue  así que luego de una gran bajada llegamos al río. Entre la vegetación se abrió un claro y vimos el agua avanzar sin muchas dificultades entre las piedras; la imagen parecía idílica. Llenamos las botellas de agua que estaban vacías hacia un largo rato y cansados decidimos quedarnos allí, disfrutar del lugar, del silencio y de las mariposas que jugaban a posarse en cualquier cosa que dejásemos a su alcance. Sin duda podríamos haber seguido camino y seguro encontraríamos la famosa cascada, pero nos gustó tanto el lugar que decidimos pasar allí un rato y luego volver por donde habíamos venido, aun teníamos tres horas de regreso al pueblo y no queríamos que nos agarre la noche.

Esta vez el camino fue otro, a veces perderse no significa errar el rumbo, sino tomar un camino diferente y este fue nuestro caso. En ocasiones nos ajustamos tanto a los planes que nos perdemos muchas sorpresas; los mejores lugares que he conocido viajando, sin lugar a dudas fueron a los que llegué de casualidad mientras creía estar “perdida”. Del mismo modo, las mejores decisiones de mi vida, las tomé cuando más desorientada estaba, cuanto menos pensaba el camino y más lo sentía. Pero claro que no es cosa mía, ya en 1854 Thoreau escribía  en Walden or life in the Woods:aprendí que si uno avanza confiado en la dirección de sus ensueños y acomete la vida que se ha imaginado para sí, hallará un éxito inesperado en sus horas comunes”.

 

 

VILCABAMBA

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